20 de jul. 2009

Pere Salabert: El cuerpo es el sueño de la razón y la inspiración una serpiente enfurecida

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El cuerpo es el sueño de la razón está integrado por tres apuestas diferentes y no obstante encadenadas. Una, en tanto que la reflexión avanza y el contenido del libro se desliza para afirmarse en la intersección de la estética filosófica con una crítica de arte que analiza sin juzgar. Otra, cuando ante una pluralidad de artistas con obra avalada por la tradición y el gusto, se impone uno solo, Marcel.lí Antúnez, con una obstinación productora que resuelve lo diverso en universo: contaminación múltiple o fusión, hibridación o «citacionismo», transversalidad. La tercera, cuando de las principales vías que concurren en la estética ―fenomenología, semiótica, psicoanálisis― prevalece esta última por su atención a la mente creadora en un entredós de ardua definición: anclaje entre el adentro y el afuera, frontera del sueño con la vigilia.

Entre el ut pictura de Horacio y la «correspondencia» de Souriau, salvado el platonismo de Winckelmann o la especulación formal de Lessing, el idealismo de Hegel o de Schopenhauer, no nos incumbe tanto la aptitud del arte a ingresar en un sistema, como el último tramo de su ruta histórica: un «más allá» donde la tradicional diversidad de géneros acaba por confundirse. Teatro y para-teatro con accionismo, body art y el cuerpo dilatado, computacional o hiper-protésico, escultura de cachos carnales, cine-animación y arte comportamental (behaviour art) o antropológico ―palpación y besuqueo, danza orgiástica con manducación totémica en torno a un macho paridor―; y la cibernética, la acción-interacción, conciertos o danzas de robots, performances-conferencia, el dripping o una lógica de tachaduras por inmersión, rociado o chapoteo. Incrementado, todo esto, por las interficies mecatrónicas: exoesqueleto o dreskeleton, autómatas o títeres robotizados, dispositivos para el hurto con defraudación de imagen personal… Sistematurgia, en fin, o dramaturgia de sistemas. Lejos del tópico escenario tecnificado, la multiplicidad tecno-morfológica se fusiona aquí en una escena tan exclusiva que lleva a una parte de la crítica a refugiarse en el silencio o a narrar los hechos: examinar y describir, documentar y clasificar, conservar para la Historia. Temerosa ante lo falso, evita hipótesis, sortea especulaciones. «La verdad y nada más que la verdad», parece decirse. No concibe que la verdad sea un objetivo por alcanzar, que se construya mediante incertidumbres, y que lejos de ser el lenguaje para ella un simple medio, sea su principal substancia.

De ahí que la escritura en El cuerpo es el sueño de la razón aprenda de la Pantera Rosa su manera de aproximarse a lo que se ha dado antes ella misma por objeto. De puntillas pero segura, describe poco, apenas documenta, no emite juicios con pretensiones de objetividad. ― ¿Con qué criterio enjuiciaría el arte del presente? Acecha a distancia su objetivo o mira hacia otro lado como desatendiendo a la presa, para invertir a continuación en la palabra afectos y vislumbres, expectativas y turbaciones, de donde brotará una interpretación abierta. Está dicho: ni pintura, ni escultura, ni cine ni teatro, y menos aún arquitectura, Antúnez cruza los géneros con su trabajo, los sobrevuela transversal a todos ellos, para invertir su experiencia en derivaciones singulares con el plus de la tecnología. ¿Propósito final de este libro? Tiene doble cara. Por una parte la complejidad de su objeto y lo que se refleja en él de los procesos mentales de su autor; por otra, aquietar un deseo crítico que se satisface de medir la propia corpulencia con un registro creador tan escurridizo que aún hoy parece reacio a argumentos reductores.

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